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29 Septiembre 2013

El Reciclaje en América Latina: una historia de dignidad

Written by Miguel Castro Arze

El Reciclaje en América Latina: una historia de dignidad

Sólo uno sobrevivió para contar lo que aconteció ese día. El resto, once recicladores, fueron, primero brutalmente golpeados, para luego ser muertos a tiros. Sucedió en la Universidad Libre Seccional de Barranquilla, Colombia, el 1 de marzo de 1992. Los ejecutores, todos empleados de la universidad, lo hicieron porque con la venta de los cuerpos para prácticas científicas ganarían un buen dinero. Nadie preguntaría por ellos, pues simplemente se trataba de “desechables”, de los excluidos de siempre de un sistema ajeno a la vida y a la dignidad humana. Y no era un caso aislado, sucedía con dolorosa frecuencia en ésta y otras ciudades del continente, donde junto a la eliminación física reinaban otras formas, igualmente crueles, de dar fin con el ser de los más pobres entre los pobres, formas que iban desde la franca negación de derechos elementales, hasta la deliberada invisibilidad social.

Más de 20 años después, los sobrevivientes, más de cuatro millones según las estadísticas a lo largo y ancho de América Latina, decidieron, representados por sus líderes, pues muchos de ellos ahora están organizados, hacer de todos los primeros de marzo, de todos los años por venir, el Día del Reciclador. Un claro ejercicio de memoria, que es el primer paso para reconstruir un cuerpo social ultrajado, pero sobre todo se trata de un elocuente testimonio de la dignidad que se va alcanzando.

¿Qué tuvo que suceder desde ese entonces hasta ahora para que las cosas comenzaran a cambiar?

Los recicladores, catadores, pepenadores, churequeros, cartoneros, gancheros, buzos, minadores, cirujas, clasificadores, buceadores o simplemente recolectores, que es como se los conoce en nuestros países, son parte sustancial del entramado social de las ciudades que habitamos, pero a diferencia del pasado en estos días son portadores de una identidad en construcción, que se afianza con firmeza y que se va revelando en cifras que dan cuenta de una creciente auto identificación, como es el caso de Brasil, donde alrededor de cuatrocientos mil catadores se reconocen, según datos oficiales, como tales. Seguramente algo parecido sucederá en otros países cuando se incorpore en los censos de población el reciclaje como una opción de oficio.

Pero este proceso de construcción de identidad es también revelador en otros sentidos. Habla de una mayor valoración de la sociedad y de una progresiva apropiación del sector gubernamental de algo que, especialmente para las ciudades, es ya consubstancial a su buen gobierno. Y también nos da indicios de que desde América Latina se está construyendo una nueva profesión, pues ser recolector es un oficio que requiere destrezas y conocimientos especializados en el manejo de los residuos. “No cualquiera puede hacerlo como corresponde” afirmaba en una ocasión, con inocultable orgullo, un líder boliviano de la Red de Recicladores de la ciudad de Santa Cruz.

Sin duda también cambio la mirada de la cooperación y de las organizaciones de desarrollo, pues ahora nadie podría cuestionar que los recicladores han dejado de ser objeto de políticas asistencialistas, para convertirse en actores plenos del desarrollo. Pues, con un discurso y propuesta de reciclaje inclusivo y solidario, los trabajadores del reciclaje y sus aliados han interpelado a la sociedad, a la empresa y también a los gobiernos, exigiendo de todos ellos no dádivas sino responsabilidad compartida frente a un fenómeno, la generación de basura, que atañe a todos, ya sea en condición de productores, consumidores o simplemente ciudadanos.

Todo esto no podía ser de otra forma, pues la recolección selectiva de residuos y de manera específica el modelo inclusivo y solidario de reciclaje, le brinda a la sociedad servicios que tienen un claro y benéfico impacto en lo ambiental, en lo económico y en lo social.

Pero también es necesario tomar conciencia de que el reciclaje en América Latina tiene un claro rostro de mujer, pues ellas son la mayoría entre los que hacen esta labor en nuestras ciudades. Principalmente se trata de mujeres migrantes del campo y casi todas ellas jefas de hogar, situación que en muchas ocasiones hace que esta labor adquiera un carácter familiar.

Este proceso de empoderamiento, pero también de “apoderamiento” de espacios que antes les eran vedados, y no sólo institucionales, sino también espacios físicos de la geografía urbana de nuestros países, sin duda sostiene avances notables, pero asimismo aún tiene que enfrentar enormes retos, desde la discriminación todavía vigente en muchos planos sociales y, lo que es más lamentable, en instancias públicas de gobierno, hasta desafíos globales como es el caso de la incineración.

Foto: Cortesía Fundación Avina

Del mismo modo, fortalecer las organizaciones nacionales de recicladores y a partir de ellas nutrir un sólido entramado de asociatividad continental, a la vez de vigorizar capacidades de incidencia nacional y regional, que tendrían que redundar en un mayor posicionamiento global de la causa del reciclaje inclusivo y solidario, son desafíos que el movimiento de recicladores lo tienen presente.

Así, entre logros y desafíos, el reciclaje inclusivo y solidario incuestionablemente ha encontrado un camino irreversible en el continente y no es una mera casualidad de que ahora con total propiedad hablemos del “reciclaje en América Latina” porque se trata de un proceso que involucra a casi la totalidad de países de la región, pero no de forma aislada, sino a través de una organización regional que busca compartir y replicar, más allá de las fronteras, lecciones, aprendizajes, modelos de legislación y de gestión, pero sobre todo hacer que fluya la esperanza y la imprescindible dignidad, tan necesarias para construir sociedades más justas, solidarias y sustentables.

Por todo ello, los que desde Avina acompañamos, aprendemos y celebramos este pujante proceso, no dudamos en afirmar que es un verdadero privilegio ser parte de él.

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